El equilibrio emocional implica el correcto cuidado de uno mismo y también de la autoestima. Es decir, debemos aprender a darnos mensajes positivos a nosotros mismos no sólo en relación con el presente sino también con el pasado y el futuro. El pasado tiene una enorme influencia sobre el presente. De este modo, a veces, las carencias afectivas vividas en la infancia se muestran también en la edad adulta, más en concreto, en el modo de querer o en la forma de establecer relaciones interpersonales. Dar y recibir es el mejor modo de construir una amistad o una historia de amor.

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Pero el pasado a veces, no sólo produce nostalgia o tristeza, por supuesto, también puede provocar alegría cuando rememoramos los momentos más felices de la niñez que suelen estar asociados a momentos que hemos compartido con los abuelos o también, instantes de las vacaciones de verano o algunos juegos con los amigos. El problema surge cuando el pasado produce un trauma en la persona, es decir, cuando el sujeto no asume los acontecimientos tal como sucedieron y a veces, se culpa por ellos o se coloca en el rol de víctima de una situación.

Aceptar la realidad implica que las cosas fueron de ese modo y en base a dicha realidad cada persona debe de elaborar su propia vida puesto que el pasado no determina el presente ni el futuro, es decir, existe la libertad, la capacidad de superación personal, el poder del cambio a través de la creatividad… En algunas ocasiones, cuando una persona no puede superar el pasado necesita ayuda de un experto profesional, por ejemplo, un psicólogo. En este sentido, para afrontar un hecho doloroso del ayer la comunicación es clave del éxito para poder liberarnos de las cadenas de la tristeza del pasado. Sólo así el presente tendrá su máximo sentido.

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