El valor de la familia es esencial para cualquier ser humano en todo momento de la vida, pero especialmente, en los momentos de dificultad cuando una persona descubre su propia fragilidad y debilidad interior y física. Así sucede, por ejemplo, en la enfermedad. Dependiendo del tipo de enfermedad, una persona puede llegar a necesitar mucha atención por parte de algún familiar. En este sentido, el cuidador se vuelca al cien por cien en el enfermo. Por ejemplo, muchas personas pasan día tras día su tiempo acompañando a algún familiar que lucha contra la enfermedad en la habitación de un hospital. En otras ocasiones, el cuidado del enfermo se produce en el propio hogar. Se trata de una relación emocional entre cuidador y enfermo que puede llegar a ser muy absorbente y que incluso puede llegar a crear dependencia.

Más allá de que una persona asuma la excelente labor de cuidar a un familiar también debe asumir que tiene que tener un espacio para cuidar de sí misma. Es decir, el cuidador debe de encontrar un tiempo en la rutina diaria para desconectar del estrés, la tensión y el agotamiento que produce una labor de tanta exigencia y responsabilidad.

Esta actitud no implica querer menos al enfermo, todo lo contrario, cuando una persona cuida de sí misma entonces también podrá cuidar mejor del otro, regalarle alegría, aportarle optimismo y darle confianza para afrontar el presente al cien por cien. Por ejemplo, el cuidador debe de encontrar un tiempo a lo largo de la semana para realizar un curso sobre un tema que le interese, por supuesto, también debería tener un hueco en el día a día para dar un paseo. Del mismo modo, también debe buscar un espacio para disfrutar de la vida social en relación con planes que permiten mantener una conversación interesante.

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