El deporte constituye un placer, una diversión, o un trabajo. Sin embargo, hay algo que se debe desterrar, independientemente del nivel deportivo que cada persona tenga: el alcohol.

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Es normal que tras una victoria competitiva se pretenda celebrar el éxito con algún tipo de fiesta, pero si esta práctica, donde el alcohol está presente, se convierte en un hábito, la cosa empieza a complicarse.

Entre los efectos del alcohol sobre la salud del deportista, se cuentan las calorías. Con 7 kcal/gr, el consumo de alcohol excesivo aumenta el peso del deportista y empieza a convertirse en un freno real para la obtención de mejores resultados. El alcohol no puede reemplazar, ni la preparación mental, ni convertirse en un estimulante.

Tampoco se trata de un carburante para los músculos. Este elemento reduce la hidratación del organismo, y afecta el sistema respiratorio.

También puede modificar la capacidad de juicio y aumentar la agresividad. En los casos de ebriedad es cuando se puede ver a ciertas personas en un estado de sobre engreimiento falso.

En realidad, el alcohol disminuye la fuerza y sobre todo ralentiza la facultad de recuperación del cuerpo. Contrariamente a lo que piensa la gente, el alcohol no tiene ninguna incidencia sobre la temperatura del cuerpo, puesto que no aporta calorías, ni tampoco sirve para refrescarse.

Además, no es ningún producto antiestrés. Beber no conseguirá que la angustia, y las preocupaciones desaparezcan. En todo caso, nos estaremos poniendo a tiro de que nos hagamos dependientes, y el deporte nos pase una factura demasiado cara, llevándonos incluso al abandono de su práctica.

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