Decir que la infancia es el momento más feliz de la vida es una utopía que no muestra un dato real y objetivo. De hecho, cada historia es única e irrepetible, por tanto, cada ser humano tiene sus propias vivencias en el ámbito familiar. Algunos adultos tienen recuerdos amargos de su niñez. Carencias afectivas que dejan una huella profunda en el desarrollo de la personalidad adulta.

Las heridas de la infancia a veces, permanecen ocultas pero afloran en momentos puntuales de la vida del sujeto. Cuando la herida aflora entonces surge de nuevo el dolor y el sufrimiento. Por ejemplo, un niño que fue abandonado por su padre puede experimentar el deseo de querer agradar a todo el mundo para evitar que dejen de quererle. Un niño que ha sufrido un abandono considera que el amor se muestra a través de la presencia. Pero como adulto deberá aprender que no cualquier relación es saludable, es decir, a veces, conviene aprender a decir adiós a ciertas personas y a algunas amistades basadas en la utilidad.

Para poner fin a las heridas de la infancia es esencial practicar la introspección y el conocimiento de uno mismo. Este proceso puede llevarse a cabo de forma adecuada gracias a la ayuda de un psicólogo experto en el ámbito emocional. A veces, debes recordar el pasado para poder curar las heridas que te impiden vivir con libertad el mayor regalo que hay en tu vida: el ahora. De hecho, la felicidad siempre se vive en presente.

Por otra parte, algunas heridas de la infancia o ciertos acontecimientos traumáticos causan problemas de autoestima que deben remediarse mediante el pensamiento positivo y el trabajo constante de la voluntad. La aceptación de uno mismo y de los acontecimientos que constituyen el destino humano es la mejor forma de vivir en contacto con la esperanza y la alegría.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *