Cuando una persona tiene que hacer frente a una grave enfermedad descubre su propia fragilidad interior, es decir, tiene que asumir su vulnerabilidad, su dolor y su sufrimiento interno. En ese momento, cualquier persona siente la necesidad de encontrar respuesta a preguntas que no tienen una solución clara a simple vista. En este sentido, muchas de estas preguntas trascienden el plano de la mera racionalidad y de la lógica para rozar el plano espiritual de un ser humano. En este sentido, en relación con el campo espiritual y de la fe, existen personas que tienen una clara conciencia de la trascendencia humana, es decir, que tienen creencias religiosas, sin embargo, otras muchas personas también pueden pensar lo contrario en base al ateísmo. Algunas personas también se sienten agnósticas, es decir, tienen dudas sobre la existencia de Dios.

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Lo cierto es que como bien muestran muchas personas, aquellos enfermos que tienen fe tienen una motivación añadida para luchar contra una enfermedad. Sin duda, creer en Dios aporta seguridad y razones para luchar a muchos enfermos que se sienten cuidados y protegidos. Se trata de una fuerza que brota a nivel psicológico desde lo más hondo del corazón.

Las personas que tienen un claro sentido de la espiritualidad tienen una confianza importante en sus posibilidades de curación ya que sienten que cuentan con una ayuda extra que es fundamental para afrontar el futuro con optimismo, es decir, para tomar la enfermedad como un reto posible de superar.

De hecho, son muchas las personas que tras haber superado una enfermedad pueden encontrar una lectura positiva del aprendizaje adquirido a partir de esa experiencia dolorosa. La vida adquiere una perspectiva diferente desde ese punto de vista puesto que alguien que ha sufrido mucho por una enfermedad aprende a dar importancia en la vida a lo verdaderamente esencial.

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