En el tubo digestivo hay cien mil millones de microorganismos, es decir, diez veces más que el número de células del cuerpo humano; la actividad metabólica de estas bacterias intestinales sería equivalente a la del hígado. Se calcula que el 30% del peso de las evacuaciones está constituido por restos de microorganismos, y que en 1 ml de conteni- do del intestino grueso hay diez veces más gérmenes que glóbulos rojos contiene 1 ml de sangre. Estos impresionantes datos permiten entrever la importancia que tiene el buen estado del intestino en la salud de todo el organismo.

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Hasta ahora se han identificado más de 400 especies microbianas anidadas en la flora intestinal humana. Y se calcula que el estudio bacteriológico de una muestra de heces podría durar un año. Las especies estrictamente anae- robias constituyen más del 99%. Esta gran colonia bacteriana, que se repro- duce continuamente, lejos de ser una anomalía o un peligro cumple beneficiosas funciones.

Cómo se forma la flora

Cuando el bebé llega al mundo está perfectamente virgen en cuanto a bacterias se refiere. Pero en pocas horas ciertos microbios comienzan a colonizar el tubo digestivo. Provienen del medio ambiente, de su madre u otras personas próximas, y se componen esencialmente de bifidobacterias.

Muy pronto, la alimentación del recién nacido actúa a su vez sobre el anidamiento de estos microorganismos. Así, los bebes alimentados con leche materna tiene una flora distinta a los que toman biberón; aquélla es, entre otras cosas, más rica en bacterias bífidas.

No parece, sin embargo, que el intestino del recién nacido pueda ser colonizado por cualquier bacteria. Ciertos tipos bacterianos indeseables son eliminados enseguida, lo que podría indicar que ya desde los primeros días de vida existen mecanismo capaces de mantener cierto equilibrio ecológico.

Asimismo, la flora intestinal varía considerablemente en función de la forma de vida y los hábitos alimentarios. No produce, por ejemplo, la misma flora la alimentación típica del norte de Europa que la comida especiada de países como la India o México.

Barrera protectora

Las bacteria intestinales mantiene cierto equilibrio entre sí que contribuye a nuestra salud. Si este equilibrio se altera se desarrollan las bacterias patógenas, como los colibacilos y los estafilococos, que generan toxinas y desechos difíciles de eliminar. Aparecen entonces trastornos intestinales como estreñimiento, diarreas, gases, malas digestiones, etc.

Así pues, en el intestino conviven dos tipos de bacterias: las residentes, fijadas a las células intestinales, y las transeúntes, que llegan a través de los alimentos. La función principal de los microorganismos residentes consiste en mantener el intestino en condiciones fisiológicas normales. Pero también realizan toda una serie de actividades enzimáticas y metabólicas. Metabolizan por ejemplo restos de nutrientes –glúcidos, grasa y proteínas- que no han sido absorbidos y que les sirven de alimento. Respecto a las grasas, pueden desdoblar los ácidos biliares y el colesterol, lo que es útil en personas con cifras altas de hipercolesterolemia.

Otra característica notable de estas bacterias intestinales es su capacidad para producir cantidades significativas de vitaminas del grupo B, así como de vitamina K, imprescindible para el proceso de coagulación de la sangre en caso de heridas. Asimismo, pueden destruir productos tóxicos ingeridos con la alimentación.

Así pues, la microflora autóctona puede ser considerada parte integrante de las defensas del organismo, en una zona especialmente expuesta a las agresiones infecciosas, parasitarias o alimenticias.

Cuando está equilibrada, la flora intestinal forma una verdadera barrera protectora frente a la implantación y proliferación de gérmenes patógenos, y condiciona el establecimiento y la maduración del llamado sistema inmunitario intestinal, pues la mucosa del intestino incluye todas las especies de células inmunocompetentes, con una gran proporción de linfocitos (B y T).

Es notoria la presencia de inmunoglobulinas, especialmente la IgA, con varias funciones defensivas: inhibir la adherencia de las bacterias a la pared intestinal, neutralizar los virus y excluir los antígenos.

Esta flora tapiza por completo las paredes del colon, formando una barrera donde ninguna bacteria patógena (por ejemplo una salmonela) podrá alojarse. Incapaz de forzar esa barrera, el germen patógeno no puede desarrollarse ni alcanzar la sangre y el resto del organismo para causar daños.

Además de repeler a los indeseables, la flora estimula la inmunidad a nivel del tubo digestivo. En efecto, al igual que la piel y otros tejidos, la mucosa intestinal alberga células inmunitarias que nos protegen de los gérmenes nocivos presentes en la alimentación. Vemos pues que la flora, con su incesante actividad, estimula las defensas locales y aumenta nuestra capacidad para afrontar la enfermedad.

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