La depresión, enfermedad del alma y del cuerpo, también es una cuestión de hombres. Pero sus manifestaciones externas son diferentes en función del sexo… ¿Cómo reconocerla? ¿Qué cambios deben alertar a la pareja o a las personas de nuestro entorno? Antes de nada debemos aprender a discernir los primeros signos de esta enfermedad.

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Existen los tristes y los que padecen insomnio, los obsesivos y los hipocondríacos, los hiperactivos y los violentos: la depresión masculina es multiforme y no siempre es fácil detectarla, ni por parte del que la padece, ni por aquellas personas que conforman su entorno más cercano.

Algunos signos evidentes

Por el hecho de que las mujeres son más contemplativas, y que los hombres son más activos, estos últimos creen estar menos expuestos a una depresión. Sin embargo, en nuestra sociedad tan competitiva, en la que todos debemos dar la talla en todos los sentidos, no es raro ser víctima de un síndrome depresivo.

Si las mujeres invierten más energía en el éxito de su vida de pareja y en el pleno desarrollo de los hijos; los hombres por su parte se atormentan más por su futuro profesional. En caso de fracaso de estas ambiciones, la imagen que tienen de ellos mismos se derrumba: se pierde progresivamente la confianza en el conjunto de sus capacidades, y concretamente en las sexuales.

En el origen de las depresiones masculinas se encuentran las rupturas de pareja. Cuando la separación es solicitada por parte de la mujer, los hombres creen que su virilidad está puesta en cuestión; y como rara vez consiguen la custodia de los hijos, se sienten afectivamente aniquilados.

Los hombres experimentan un auténtico dolor al verse separados de sus hijos, por los que no les queda más salida que “pagar” la pensión alimenticia. Culpabilizados por la amenaza de divorcio, y por el juicio que ejerce sobre ellos la sociedad, no consiguen mantener una relación afectiva con sus hijos, puesto que los ven de manera puntual, con el establecimiento del “derecho de visita” que el juez les concede: de esta forma, el sentimiento de fracaso absoluto se agrava todavía más.

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